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Temor a Dios.

Muchas veces confundí el miedo con el temor de Dios.
Ahora que empiezo a concer más acerca de El, puedo decir que el temor a Dios no es un miedo al castigo que pudiera inferirme, sino el temor de no llenar las expectativas que El tiene para mí.

Sobre todo cuando empecé a leer el Antiguo Testamento y encontré una serie de guerras, de venganzas y demás, me pregunté ¿porque Dios castigaba a ésos pueblos?
Y me llené de confusión porque no puedo conceptualizar un Dios que castiga con un Dios amoroso como el que envió a su propio hijo para redimirnos?

¿Cómo pudo Dios despedir a Adán y a Eva del Paraíso sabiendo que sufrirían? Es más, ¿cómo les dijo que pondría enemistad entre la descendencia de la serpiente (el mal) y la mujer?
¿cómo condenó a Adán a ganar el pan con el sudor de su frente? ¿O a Eva decirle que incrementará sus dolores en cada hijo?

Y he terminado por darme cuenta de que Dios debió entristecerse con la desobediencia de Adán y Eva por ellos. En el Paraíso no puede existir maldad y ellos cometieron una al desobedecerlos.
Se condenaron a la muerte con ello. No fué Dios quien los condenó, sino ellos mismos con su actitud.

Dios debió despedirlos. Ese era bastante castigo, ¿para qué aumentar sus sufrimientos? me preguntaba yo cuando niña. Y ahora he llegado a vislumbrar que Dios no los castigó al infringirles sufrimientos, sino que con ellos les dió la capacidad de mantenerse alertas a sus propias debilidades.

Si no duele, no se entienden las cosas. Seguramente Adán era muy acomedido y obediente. Eso me he imaginado siempre. Dios creó a Eva del mismo Adán para que le ayudara.

La serpiente que era astuta decidió tentar a Eva para comer de la fruta prohibida y con ello deshacerse de Adán y Eva que eran amados por Dios, el que los visitaba en el Jardín del Edén y se recreaba con ellos.

La serpiente fué arrojada del Paraíso y condenada a arrastrarse por toda la eternidad por atentar con los hijos que El amaba y a sus hijos Adán y Eva los tuvo que despedir porque no podía tolerar que lo desobedecieran.

El temor a Dios es bueno entonces, porque nos hace estar atentos a no fallar a sus designios y a su Voluntad. "El que nada debe, nada teme" se dice y yo creo que no es muy cierto.
Se debe vivir en temor a Dios para no cometer errores.

Comparto un artículo que encontré:


El Don de Temor de Dios

El don de temor es un hábito sobrenatural por el cual el justo, bajo el instinto del Espíritu Santo y dominado por un sentimiento reverencial hacia la majestad de Dios, adquiere docilidad especial para apartarse del pecado y someterse totalmente a la divina voluntad.
(Fuente: El Gran Desconocido, Royo Marín, B.A.C., P.P. 115)

S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 11 de Junio de 1989
1. Hoy deseo completar con vosotros la reflexión sobre los dones del Espíritu Santo. El Último, en el orden de enumeración de estos dones, es el don de temor de Dios.
La Sagrada Escritura afirma: “El Principio del saber, es el temor de Yahveh” (Sal 110/111, 10; Pr 1, 7). ¿Pero de que temor se trata? No ciertamente de ese (miedo de Dios) que impulsa a evitar pensar o acordarse de Él, como de algo que turba e inquieta. Ese fue el estado de ánimo que, según la Biblia, impulsó a nuestros progenitores, después del pecado, a (ocultarse de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín) (Gen 3, 8); este fue también el sentimiento del siervo infiel y malvado de la parábola evangélica, que escondió bajo tierra el talento recibido (cfr Mt 25, 18-26).
Pero este concepto del temor-miedo no es el verdadero concepto del temor-don del Espíritu. Aquí se trata de algo mucho más noble y sublime: es el sentimiento sincero y trémulo que el hombre experimenta frente a la tremenda majestad de Dios, especialmente cuando reflexiona sobre las propias infidelidades y sobre el peligro de ser (encontrado falto de peso) (Dn 5, 27) en el juicio eterno, del que nadie puede escapar. El creyente se presenta y se pone ante Dios con el (espíritu contrito) y con el (corazón humillado) (cfr Sal 50/51, 19), sabiendo bien que debe atender a la propia salvación (con temor y temblor) (Flp 12). Sin embargo, esto no significa miedo irracional, sino sentido de responsabilidad y de fidelidad a su ley.
2. El Espíritu Santo asume todo este conjunto y lo eleva con el don del temor de Dios. Ciertamente ello no excluye la trepidación que nace de la conciencia de las culpas cometidas y de la perspectiva del castigo divino, pero la suaviza con la fe en la misericordia divina y con la certeza de la solicitud paterna de Dios que quiere la salvación eterna de todos. Sin embargo, con este don, el Espíritu Santo infunde en el alma sobre todo el temor filial, que es el amor de Dios: el alma se preocupa entonces de no disgustar a Dios, amado como Padre, de no ofenderlo en nada, de “permanecer” y de crecer en la caridad (cfr Jn 15, 4-7).
3. De este santo y justo temor, conjugado en el alma con el amor de Dios, depende toda la práctica de las virtudes cristianas, y especialmente de la humildad, de la templanza, de la castidad, de la mortificación de los sentidos. Recordemos la exhortación del Apóstol Pablo a sus cristianos: “Queridos míos, purifiquémonos de toda mancha de la carne y del espíritu, consumando la santificación en el temor de Dios) (2 Cor 7, 1).
Es una advertencia para todos nosotros que, a veces, con tanta facilidad transgredimos la ley de Dios, ignorando o desafiando sus castigos. Invoquemos al Espíritu Santo a fin de que infunda largamente el don del santo temor de Dios en los hombres de nuestro tiempo. Invoquémoslo por intercesión de Aquella que, al anuncio del mensaje celeste o se conturbó) (Lc 1, 29) y, aun trepidante por la inaudita responsabilidad que se le confiaba, supo pronunciar el fiat) de la fe, de la obediencia y del amor.




La serenidad del alma II
Por Jorge Nicolas Nieto Claro
http://necesidaddecomunicarse.blogspot.com/

Hay en él un temor de Dios, pero no el temor infantil semejante al del perro que espera a cada momento el látigo. Donde domina el espíritu no hay terror: todo se torna claro, luminoso, benéfico. Ante Dios, no somos sus esclavos, sino que, por su predilección, somos sus hijos. El verdadero temor de Dios no consiste ni en el miedo al castigo, ni en la insuficiencia de nuestro concepto de Dios no en la proximidad de Dios mismo.

El que halla a Dios se siente buscado por Dios, como perseguido por El, y en El descansa, como en un vasto y tibio mar. Ve ante sí un destino junto al cual las cordilleras son como granos de arena. Esta búsqueda de Dios sólo es posible en esta vida, y esta vida sólo toma sentido por esa misma búsqueda. Dios aparece siempre y en todas partes, y en ningún lado se halla. Lo oímos en las crujientes olas y sin embargo calla. En todas partes nos sale al encuentro y nunca podremos captarlo, pero un día cesará la búsqueda y será el definitivo encuentro. Cuando hemos hallado a Dios, todos los bienes de ste mundo están hallados y poseídos.

Conclusión.-
En nuestra vida es Dios lo que la luna para el mar: la causa de sus crecientes y de sus menguantes. Todas nuestras peregrinaciones terrestres han sido movidas por el llamado divino, llamado que ya nos eleva a lo alto, ya nos precipita en lo hondo.Ese llamado de Dios, perceptible en nuestras almas, es el que nos ha convocado a todo lo que merece llamarse grande en nuestra vida, a todo lo que da sentido a una existencia cuando la vida es en verdad una vida.

Y ese llamado de Dios, que es el hilo conductor de una existencia sana y santa, no es otra cosa que el canto que desde las colinas eternas desciende dulce y rugiente, melodioso y cortante.

Llegará un día en que veremos que Dios fué la canción que meció nuestras vidas. ¡Señor, haznos dignos de escuchar ese llamado y de seguirlo fielmente!
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